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Como beber en Sanfermines Imprimir E-mail

Salud, dinero y amor... Comer, beber y amar... Trilogías clásicas, cuya traducción a las noches festivas (con los Sanfermines como primer y plato principal) sería una prosaica beber, bailar y ligar, en ese orden y, posiblemente con el prefijo “intentar”... en los dos últimos casos. Aquí, se ofrece una guía con ánimo jocoso y mucha documentación basada en parte de unos artículos publicados en Diario de Noticias y en la vida misma. Para beber primero hay que pedir la consumición y antes de eso, hacerse con un hueco en la barra para lo que se suele emplear la misma táctica que los ciclistas en los abanicos: sacar codos, buscar la estela y dar con la rueda buena. El equipo también es fundamental. Esta obviedad teórica tiene muchísimas dificultades prácticas si el escenario se completa con una barra abarrotada de gente y manos, un bombardeo inclemente de vatios de música, una larga lista de combinados impronunciables –sobre todo si se han tomado ya unos cuantos- y varios camareros estresados por la clientela. En este campo el género también tiene una influencia decisiva, ya que no falta cierto grado de machismo. Si el camarero es hombre, una chica tiene un 70% de posibilidades de pedir antes que un varón situado codo con codo en la barra. Esta ventaja no suele caer del lado de los hombres si se trata de una camarera porque suelen mostrarse más profesionales que sus compañeros.
Cómo pedir:

Cuatro maneras de ser ante la barra
Ante este reto de pedir en la barra hay al menos cuatro conductas tipo:

1. Pasivo/a
Es aquel o aquella que prefiere ganar la barra por uno de sus extremos -donde hay menos gente, precisamente porque nunca va el camarero- y espera allí hasta ser atendido, algo que suele tardar mucho ante la pregunta desesperada de su cuadrilla: ¿Qué, has pedido ya?

2. Sortudo
Es el caso contrario, una persona con un don especial para llegar y besar el santo sin ningún esfuerzo y mientras habla con sus amigos.

3.Ventajista

Dícese del que tiene la suerte de conocer al camarero/a y poder llamarle por su nombre de pila. Los clientes habituales cuentan con este plus, aunque también se suelen rescatar por un momento viejas amistades de barrio, colegio, etc... Con este procedimiento se gana al menos ser alguien en una marea anónima de manos y rostros ansiosos.

4. Compulsivo/agresivo

A veces suele dar buen resultado pero en otras -según el carácter del camarero- es contraproducente. Agarrarle pasa, citarle como a los toros o vociferar a su oído una retahíla de bebidas mientras lucha con los hielos y vasos de otra ronda o quejarse no es muy recomendable, aunque es una práctica habitual. Lo mejor es un “cuando puedas, me pones...”, suficiente para que se quede con tu cara y te guarde el turno. En Irlanda es inútil tratar de colarse por mucho que se grite, ya que guardan un estricto orden de llegada para servir y emplean varios minutos, ajenos al jaleo del pub, en poner una pinta como “God manda”.

El Fondo es lo que cuenta.

La tradición vasconavarra del trabajo y la diversión en común supone una gran ventaja para el sector hostelero. En otras zonas es fácil que en una cuadrilla de ocho personas cada una pida su consumición y la abone por su cuenta, todo un calvario para el tabernero. Aquí está muy extendida la costumbre de pagar por rondas, a escote o poner fondo. A diferencia de Gescartera, éste sirve para ir abonando las rondas comunes hasta que se termina o se repone.

A la caza del jeta o gorrón.

Este sistema refuerza el sentido colectivo pero también difumina la realidad de que en Navarra se dispara el IPC por los precios de la hostelería. De hecho, muy pocos saben lo que cuesta un combinado porque siempre se demandan por lotes. Sin embargo, puede dar pie a la picaresca de beber lo más barato cuando le toca a uno (o incluso hay artistas que se las arreglan para no pedir nunca), o la de ir a combinados mientras los demás van a cervezas, aunque este tipo de gente está muy calada y acaban bebiendo solos, como en las rancheras amargas.

El bote, esa patata caliente.

Otra doble cara de este sistema del fondo es que si bien permite despreocuparse del abastecimiento durante toda la noche, lo cierto es que esto sucede porque a alguien le toca llevarlo. Autoexcluidos aquellos discapacitados ante la barra que acaban retrasando toda la ronda y, salvo casos muy raros de aprendices de tío Gilito o de secretaria de Un, Dos, Tres, lo más normal es que nadie quiera hacerse cargo de él por el estrés que supone pedir y el riesgo de acabar mezclando en el bolsillo el dinero propio y el común, que acaba socializado en rondas populares o tener que completarlas cuando éste se acaba de improviso. Las tácticas para no hacerse cargo del escote son muy variadas pero es fundamental andar listos a la hora de poner el dinero y, a ser posible, tener billetes sueltos. Si no, hay muchas probabilidades de acabar con él encima. Eso sí, el fondo lo terminan los que se quedan hasta el final. Ley de vida.

Las bebidas: ¿qué va a ser?

Reunido el dinero, alcanzada la barra y centrado el camarero, hay que pedir. La lista física o mental de la ronda es fruto de una reflexión particular previa en la que tiene gran peso la tradición y la costumbre. Modas al margen, es habitual que cada uno/a siempre pida lo mismo. Las consumiciones acaban tan ligadas a las personas por dentro y por fuera, -al derramarse- que incluso son habituales motes y apodos por esta razón. Así por ahí andan el Kalimotxos (socio de La Jarana), Brumbas (degeneración de Lugumba en el valle de Lónguida), el Patxaranes de Burlada, etc...

El no sé ni qué pedir.

Esta frase puede estar perfectamente justificada en aquellos/as andarines que llevan todas las fiestas en la calle cumpliendo con la cadencia de empezar con txampán (con tx, porque si no la Real Academia obliga a decir cava, que suena muy ridículo), seguir con el subidón de combinados para bajar a la fiel cerveza en los días cuarto y quinto de la feria. Al final uno/a ya no sabe ni qué pedir aunque, curiosamente, los efectos de alcohol sobre terreno abonado son mucho más instantáneos que los primeros días. Sin embargo, es una frase que se torna cargante e impacienta al personal cuando proviene de las mismas personas que a las primeras de cambio empiezan a variar su menú y retrasar la petición de la ronda para todos/as. También resultan muy molestos los tiquismiquis que piden -y hacen pedir y servir- combinados tan complicados de pronunciar con la boca pastosa y el ruido de fondo como un Beefeater con tónica Schweppes y limón exprimido que, por otra parte, acaban resueltos con un bajonazo en forma de ginkas a secas, delegando el fondero en la buena voluntad del camarero la elección de la ginebra.

Ser o no ser, plástico o cristal.

Así como Hamlet podía elegir, el “homo festivus” tiene que padecer la invasión de los vasos de plástico en estas fechas, envases con la capacidad de convertir la peor cerveza del mundo en la caña más horrible del Universo, sobre todo si se deja calentar y pierde la espumilla. El uso de Katxis es bastante práctico en cuadrillas grandes, aunque desciende conforme avanza la edad. Eso sí, en estos días los katxis de cerveza se dejan para combatir el reseco y reponer las sales del sudor bailando en la salida de los toros, pero por las noches se ve cada bañera de ron con cocacola o ginkas que dejan pequeña cualquier aska.

Hay amigos que matan.

Es un fenómeno que se circunscribe a barras populares de peñas y sociedades, pero suele ser fatal. Se trata de aquel amigo/a que, queriendo hacer un favor, llena el vaso del combinado con licor mucho más allá de la cantidad normal convirtiéndolo en un brebaje imbebible o en un pelotazo que remata a cualquiera que haga aprecio.

El derroche de la plaza de toros.

Todas estas consideraciones se quedan sin valor si nos centramos en el tendido y gradas durante las corridas de toros. Los cubos o las botellas con hielo, con bebidas de todos los colores, corren sin todas las trabas que suponen una barra ayudas por el calor ambiental y la gran generosidad que contagia a lo que por momentos se convierte en el bar más popular e inmenso del mundo y en un círculo donde, aunque sea por dos horas, cinco mil personas (quizá 20.000) son felices. No obstante, y al margen de teorías y poesías, lo cierto es que un ginkas de cubo o de botellón pega lo mismo que uno servido en un bar y hay que saber dosificar (difícil en una tarde de calor) para no revolucionar el motor al que le quedan muchas horas de andada. La tipología es muy variada y, a estas alturas, lo que menos abunda es la sangría. Los cuerpos no están para esos trotes. Un sorbetico y, luego ya, cacharros; llenan el estómago menos, sientan mejor y economizan tiempo.

El peligroso vermut.

Toda bebida es peligrosa pero pocas tan traicioneras como el vermut matinal que, entre pincho y pincho, acaba enlazando la mañana con la tarde y la hora de los toros casi sin comer. Lo mismo se puede decir del patxarán postcomida. Cuando pasan de dos sin cambiar de tercio, peligro.

El síndrome del kaiku.

Si la cosa fuera en serio, hacía tiempo que la empresa Kaiku se habría querellado contra tanto maldiciente o, al revés, muchos consumidores habrían demandado a la firma por causarle vómitos y malestar general. No nos estamos refiriendo a otra cosa que a la socorrida excusa -sobre todo entre adolescentes- de echarle la culpa a “un batido que me sentó mal” por los malos temples propios de una intoxicación etílica sobre la que nunca se cuenta la cantidad de bebida ingerida antes. Existe también la versión del pincho de tortilla, pero ni una ni otras pasan ya por el detector materno de mentiras.

El 'último' o el 'pote-trampa'.

Hay toda un liturgia respecto al primer y al último pote. El inicial suele recibir nombres como el arranque, etc..., y el último, la espuela. Para el resto de consumiciones existe un amplio léxico popular que varía por zonas: cacharros, jarros, pelotazos, tragos... No acaba de triunfar en la mentalidad rural-cosmopolita de estas fechas el término de la movida madrileña “copas” que aquí se asocia más al patxaran o al coñac que a un gintonic. Pero el problema está con los falsos últimos potes que alargan el tránsito de bar a bar, cuya denominación más exacta es andar (y de ahí andarín, andada...). “Venga, echamos el último” es una proposición muy traicionera porque siempre acaba siendo, como poco, el penúltimo.

EL DÍA DESPUÉS.

La situación posterior a beber en exceso se convierte en una jornada de reflexión y de promesas de inicio de año o curso. Pensamientos como “no lo voy a volver a hacer” rodean a un malestar general (que suele coincidir con comidas familiares o día de trabajo) llamadas de mil formas: clavo, resaca, cabezón, festondo... El grado de malestar es directamente proporcional a la cantidad y calidad de alcohol ingerido y a los años del afectado/a. Cada cual tiene su remedio (imprescindible la coca cola o resacola) hasta una larga serie de medicinas y fórmulas caseras encabezadas por aspirina, aunque la mejor manera de sobrellevarlo es en la cama o en el sofá y, de evitarlo, no beber demasiado, ya que tampoco hace falta para pasárselo bien y todavía hay demasiados accidentes de tráfico. Se recuerda que el límite legal es 0,25. La vida propia y la de los demás están en juego. Lo bueno de los Sanfermines es que casi todos estamos reducidos a peatones, y contentos si los pies siguen a la cabeza, con lo que no hay tanto peligro como en las fiestas de los pueblos. Además, quitando el día 7 que suele ser bastante duro tras el maratón de víspera, el resto de jornadas un clavo saca a otro clavo y casi no hay ni tiempo ni lugar para la resaca.