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Todavía nadie ha escrito una tesis doctoral sobre los Sanfermines, aunque habría motivos para ello. Representan la fiesta participativa y total en su máxima expresión. Es una fiesta democrática en la que lo importante no es ver sino tomar parte. La calle y el pueblo mandan durante nueve días, y puede tomar parte cualquiera. Según la opinión de algunos sociólogos, como Mario Gaviria, se trata de la última gran fiesta dionisiaca europea y única superviviente de la oleada restrictiva del protestantismo luterano primero, y del nacionalcatolicismo después. Es una fiesta que rompe esquemas, supera fronteras y une a personas de toda condición, edad, ideología y procedencia. Ha superado dos guerras mundiales y ha seguido saliendo adelante pese a los momentos políticos más tensos quitando la Guerra Civil y los sucesos de 1978. Esto da una idea de su arraigo y potencia. El escritor Sánchez Ostiz escribía recientemente: “A mi modo de ver fue Hemingway quien mejor expresó en qué consisten los Sanfermines y sobretodo qué pasa con una ciudad que a fecha y hora fija cambia por completo y se convierte en otra cosa: al mediodía del seis de julio, la fiesta estalló. Cierto, no hay otra manera de expresarlo, la fiesta estalla y la ciudad con ella”. Otro escritor, James A. Michelena, remataba esta idea hablando de la calle: “Es un error decir que se baila en la calle. En Pamplona, son las calles mismas las que bailan”. Y es que, como añade otro literato, Michener: “Para comprender la magia de Pamplona hay que seguir el curso de un día de fiestas,... hasta los juerguistas y borrachos no pueden ser tomados a la ligera, porque constituyen el espectáculo más divertido de Europa”.
Tienen razón. Desde el cohete hasta el Pobre de Mí la ciudad, que multiplica por cinco sus habitantes, se transforma y brinda un inacabable abanico de oportunidades de disfrutar en el que todos caben en relativa buena armonía. Niños, mayores, mujeres, hombres, locales, extranjeros, visitantes, borrachos, sobrios, taurinos, juerguistas, vegetarianos, comilones, aficionados a la pelota, dantzaris, rockeros, ejecutivos, barrenderos, amas de casa, bareros, circenses, religiosos, ateos, vendedores ambulantes, restauradores de alta gama, castas, bacaladeros... Los Sanfermines son una fiestas de todos y para todos que se hacen cada día entre todos. El programa oficial es lo de menos, pero dentro y fuera de él hay un sinfín de actos, momenticos y posibilidades para que cada cual encuentre su sitio siempre que no se quite el de los demás. Y todo ello, o en su gran mayoría, en la calle. Son unas fiestas permeables al contrario que otras como la Feria de Abril de Sevilla, los Carnavales de Brasil... en los que hay que contar con entradas y pagar por espectáculos. Aquí el espectáculo está servido en un teatro en blanco y rojo con un millón de actores. Basta con dejarse llevar. No son lo mismo los Sanfermines de un guiri que los de un/a pamplonica, los de un adolescente que los de unos padres de familia..., pero lo cierto es que a lo largo de una vida se va pasando por cada una de esas ópticas y disfrutando de cada momento. Otra de las claves de la fiesta -escribe en 1978 Gaviria- es el anonimato. “No hay protagonistas con nombres y apellidos. No hay líderes ni relumbrones. La fiesta es del pueblo. El pueblo es el protagonista. Nada más defraudante para las figuras de las artes, las letras y la política que encontrarse ante el anonimato al que les somete el rey de la calle: el pueblo navarro y sus invitados. Puede decirse que una gran cantidad de los elementos de la fiesta están basados en la generosidad y la hospitalidad. Verbenas y bailes abiertos, música gratuita y siempre un vecino de la barra del bar que paga la copa o el bocadillo para el que no lo tuviera. Y si no, se paga en el bar y tampoco pasa nada. La fiesta de Pamplona acoge gente que tiene dinero y que no lo tiene. Nadie se va de la fiesta con sed. Es otra forma de integrar al forastero. Esta gratuidad de la alegría no se da ni en las casetas de la Feria de Sevilla ni en los entoldados de las Fallas de Valencia. Aquí la fiesta está en la calle. No hay porteros ni hay que pagar entrada. En Pamplona, del 6 al 14 de julio hay 204 horas de barra libre a la juerga.
Sanfermines: el corazón por la ventana. Mario Gaviria (*recogido de Guía de Pamplona) Los Sanfermines son un milagro antropológico, una reliquia étnica, un misterio inexplicable en la euronavarra abundante y postindustrial. La fiesta elemental, primitiva, convertida en desmadre de masas, verdadero modelo planetario de armonía universal... por unos días. La fiesta es nuestra identidad. La gente aquí es a la vez muy trabajadora y muy juerguista. Tierra y gentes ricas, modernas, igualitarias y bastante felices. Sólo los pueblos felices son capaces de producir mucho y despilfarrar salud, dinero y afecto comunitariamente. Algunos pueblos felices tienen, además, buenas fiestas y pacíficas. Aquí no triunfará el sentimiento trágico de la vida ni la pulsión de la muerte. Tienen salvajes y profundas las saturnales pamplonesas el exceso y el derroche. Comer mucho, beber más y tirar el corazón por la ventana, un despilfarro de afectividad, una apoteosis de la fraternidad. Celebramos sobre todo el estar juntos, y el forastero es bienvenido como en pocos sitios del mundo. Si entras a tope acabarás tratando de tú a todos y a todas, y hablando con desconocidos y desconocidas con respeto mutuo. Bailar hasta la extenuación, tocarse, apretarse, saltar, sudar y risas, muchas risas. Montar números y cargar las pilas de alegría. Todo eso en cuadrilla, cuidándose los unos a los otros, mimando a los mimosos, dando ternura a los tiernos y tiernas. Nada mejor que una cuadrilla abierta. Los solitarios, las parejas y los espectadores pasivos lo tienen crudo. Nuestra fiesta es pulsión de vida, catarsis profunda, te deja como nuevo. El encierro es el orgasmo del miedo para los que no ligaron y la corrida, además de una salvajada, un gigantesco banquete totémico en el que nos comemos al padre, regados de vino y rebozados en harina, excesos que por lo demás no hacen mal a nadie. Si vienes haz lo que veas. La clave está en coger un punto guapo y dejarse llevar a la deriva con las txarangas por las calles y plazas, bares y peñas, sin sentido del tiempo y del espacio, y convertirte en el rey del mambo y en la reina de los mares. Marcha, mucha marcha. Al doblar una esquina, igual te encuentras con un Hemingway de barbas blancas con una afrodisíaca ristra de ajos al cuello, dale un abrazo y un achuchón. Se ha escapado del cielo para celebrar con los navarros nuestra ceremonia religiosa universal, nuestra mejor obra. Le dices que le mandaré una botella de rosado virtual y un patxarán por e-mail. Le dices que le espero en la calle Obispo, en la Habana Vieja, el próximo invierno con un mojito en el termo. ¡Qué dura es la vida con fiestas a destajo!
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