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San Fermín y los cinco sentidos: La Vista Imprimir E-mail
¿Qué ver? Arco iris en blanco y rojo

Deporte ruralVerde. ¿Qué es verde en San Fermín? Verdes todo el año son los montes de nuestra tierra, que recuerdan a tradición, a danzas, al deporte rural (aizcolaris o cortadores de troncos, harrijasotzailes o levantadores de piedra) que aparece el día 6 en la plaza de los Fueros. Verdes son también los parques de Pamplona: el de la Taconera, tan cercano a la fiesta que deben cercarlo para que nadie pise las flores; el de la Media Luna, tan alejado y tan cercano, tan frío en su sobriedad, tan cálido en su elegancia; el de la Ciudadela, un ejemplo de cuánto mejora una fortaleza militar cuando deja de ser militar y pasean por ella familias y niños, solitarios y cuadrillas… Verdes son también escenas que, por San Fermín, algunas parejas muestran descuidadas, contagiadas de una ciudad que por nueve días despista sus rubores y olvida sus ridículos. Porque, en San Fermín, se deja de ser verde. Porque, al menos así se dice, casi todos se sacuden del vicio ése de "poner verde" a los demás, como se llama aquí a criticar y censurar lo que hace el prójimo. Porque en San Fermín, se dice, y que siga así, todos somos blancos y rojos, y, por tanto, al menos por unos días, no somos ni verdes, ni azules, ni negros, ni amarillos, ni...

Azul. En realidad, nada es azul en San Fermín. Vale, de acuerdo, tienen azul los atuendos de algunos de los gigantes, esos entrañables y enormes reyes de madera que representan los continentes y que todas las mañanas salen a bailar y rondar por las calles, seguidos por padres e hijos que van a buscarles y por transeúntes que les encuentran. Y vale, hay peñas que han inscrito el azul en sus blusas o hasta en sus pañuelos. Y el cielo es, casi siempre, azul, y hasta la calzada, ésa que pisan los juerguistas y los peñeros que van a los toros, ésa que recorren los cabezudos que van con los gigantes y persiguen a los niños, ésa que hasta el Santo Fermín ve el día 7 desde sus andas de procesión; esa calzada, de empedrado todavía en muchos sitios, también tira a azul. Y es que, pensándolo bien, hasta el azul es más sanferminero de lo que parece.

DantzarisAmarillo. Es color de detalles. No parece estar en ningún lado y resulta que es ubicuo. Amarillos los lazos de los dantzaris que bailan en la Plaza de los Fueros una hora después de que salte el chupinazo; amarillo el dorado de los bordados de los porteadores que llevan en procesión la imagen en San Fermín, entre jotas sentidas y aplausos en salva; amarillo en los trajes de los toreros que desafían su vida mientras una mitad de la plaza les mira atenta y la otra se entrega al cántico y al exceso; amarillo en los fuegos de artificio, admirados por miles que, en el pórtico de la noche, descansan en los jardines de la Vuelta del Castillo; amarillo, y tantos otros colores, en las pancartas de las peñas, tenaces en traducir en un dibujo sus críticas y opiniones; amarillo en el fuego del Pobre de mí, cuando miles de velas encendidas despiden las fiestas y cientos de ellas acaban en la puerta de la iglesia de San Lorenzo, el templo que acoge al santo cuando no es fiesta; amarillo en tantos gorros, en banderas, en camisetas… en todos los sitios.

ProcesiónMorado. Es, en su versión púrpura, color de curas. Porque San Fermín, aunque no lo parezca, es fiesta de origen religioso, en honor a un obispo de Pamplona que acabó siendo mártir. Y porque las fiestas tienen su procesión mayor, la del siete de julio, con obispo investido en su púrpura, y con alcalde y concejales, y con banda de música y todo. Y púrpura también es color de monarquías, como la única que se admite en San Fermín: la de la comparsa de Gigantes, las enormes efigies de reyes, construidas en 1850, de Europa, América, y África, que bailan acompañados de otras figuras más pequeñas, los cabezudos que les cortejan y los kilikis que avanzan verga de espuma en mano para perseguir a los niños y hacerles divertirse con un susto.

Pero morados, no púrpura, morados de verdad es cómo acaban los pamploneses. Morados, que es como aquí se llama a estar hartos, de comer, porque hay almuerzo y comida y merienda en los toros y cena y un tentempié de madrugada; morados de beber, porque se bebe en cada comida y entre ellas. Y morados de baile y cante, porque hay música siempre: la de La Pamplonesa en las dianas, al punto de la mañana; la de las charangas matutinas, durante la hora del aperitivo; las de las bandas de las peñas durante los toros y después de ellos; la de las verbenas durante la noche; la que repiten cada día los altavoces de los bares.

Rosa. Es la sensualidad y la carne, o sea, el sexo. Siempre presente en la fiesta, que resulta ser un tiempo ideal para disfrutarlo, eso sí, con precaución y respeto. El rosa también es color identificativo de gays y lesbianas, una de cuyas asociaciones monta una txozna propia en el espacio de las barracas políticas. También unos cuantos bares y locales de ambiente en la ciudad, como el Alakarga, M40 y otros.

Negro. Negra es, sobre todo, la noche, que es el reino de los bares y los locales de las peñas, de las verbenas, de los conciertos; y que es también cuando sale el encierrillo, la carrera corta sin corredores que lleva a los toros de corral a corral y que sólo se puede contemplar si obtienes un pase casi imposible; y es también cuando se tiran los fuegos artificiales, y cuando sale el toro de fuego, el alarde pirotécnico en forma de toro que lanza chispas y cohetes a modo de embestidas festivas e infantiles; y es también cuando desfila, cada año un día distinto, el Estruendo de Iruña, una procesión de decenas de tambores al unísono. Y, lo mejor, es que la noche es fiesta pero no toda la fiesta. Porque San Fermín tiene lo suyo también por la mañana (el encierro, el vermú, los gigantes, los almuerzos), al mediodía (las comidas y hasta el ambiente de pijerío del apartado), por la tarde temprana (la corrida de toros, todo un rito) y por la tarde tardana (los bailes tras las charangas, la salida de las peñas, las verbenas para niños…)

Pero, cuidado, que en Pamplona no sólo es negra la noche. Porque negro es el color de agresiones, peleas, robos y ataques sexuales. También los hay, aunque pocos.

Blanco. Es el color que nunca es. En Pamplona, por San Fermín, todos visten blanco, pero nadie luce de blanco. Todos los pantalones son blancos, todas las camisas son blancas. El día 5 a todos nos sacude un algo, una impresión indefinible cuando vemos esas ropas festivas tan inmaculadas, tan blancas, tan níveas, tan profetas de lo que va a venir mañana mismo. No hay nada tan parecido al lienzo del pintor. Porque al blanco de la ropa le pintará el color de la fiesta. El color que no dejará ni a los pantalones, ni a las camisas, ni a las blusas, ni a nada ser blanco del todo. Porque resulta que al blanco se le tiñe del rojo de los licores, del vino universal, quién sabe que si de unos labios compinches, a veces (pocas) de esa sangre que, toro de por medio, hace de la tragedia leyenda que todos leen y del accidente hazaña que todos deben oír. O del verde, del hierbín que nos tinta en nuestras siestas en los jardines. O, y eso es más común, del negro que la calzada, impregnada de quién sabe qué, imprime en los pantalones. Por eso, el blanco de verdad es el del día 5, el del día antes, cuando la ropa todavía es un cuadro que la fiesta debe trazar de color.

TxupinazoY rojo, claro. Pero, si San Fermín ha de tener un solo color, ese sería el rojo. Son rojos los pañuelos al cuello, las fajas a la cintura, hasta los cordones de algunas zapatillas. El manto de San Fermín, la bandera de Navarra, parte de la ikurriña y de la enseña española (coja cada uno la que quiera o las dos, si le apetece). Roja es la plaza de toros, el vino, la sangre de los toros, los labios de las mujeres, las faldas de las dantzaris. Rojo, por ideas, el recinto de las barracas políticas de Yanguas y Miranda, el contrapunto reivindicativo a la fiesta oficial, donde partidos, organizaciones y asociaciones instalan sus barras; roja, por teatral, la Plaza del Ayuntamiento a un minuto del chupinazo, cuando los pañuelos se suben al aire para saludar lo que viene; rojas, por el vino y la sangría, las ropas en la salida de las peñas, la procesión alternativa de las fiestas, donde la religión es la fiesta y el santo la música; rojo, con blanco, el espectáculo perdido del Riau-Riau, donde una masa humana oscila al compás de un vals; roja, por pasional, la sangre alterada del corredor del encierro; roja la fiesta, rojo el jolgorio, rojos los nueve días rojos de julio, rojo San Fermín.